Qué bonito suena eso de ser artesano ¿Verdad? Te imaginas a ti mismo pintando, o con las manos llenas de barro, el olor a madera recién cortada, una aguja deslizándose con cariño sobre una tela… Se respira el ambiente relajante y amoroso, y, además, sabes que harás algo único y con identidad ¿No es genial? Sin embargo, no todo es de color rosa. Cuando pasas del hobby al negocio, descubres una cara mucho más difícil de todo esto: trabajar sin cobrar por adelantado. Aceptar encargos con ilusión y ver cómo la cuenta se queda tiritando mientras tú produces sin parar. Esa es la pesadilla de muchos artesanos, y por desgracia, yo la he vivido en primera persona.